Esta oración inspirada por el Espíritu Santo a Mariam, es la expresión más alta su mensaje tomémonos un tiempo para profundizar en su mensaje


Espíritu Santo, inspírame.
Amor de Dios, consúmame.
Por el buen camino, guíame
María, Madre mía, socórreme
Con Jesús, bendíceme
De todo mal, de toda ilusión
 De todo peligro, presérvame.
 (CR II, 190)

                Hemos visto como Mariam se puso a la escuela del Espíritu Santo. Entremos ahora en esta oración al Espíritu, es la expresión más alta de su mensaje.

                Madre Elías de Jesús, que la acompañó durante años, cuenta como esta oración le fue inspirada  Mariam:

                Le parecía tener delante de sí algo blanco que ella comparaba a un algodón, del que salían como hilos que llegaban hasta ella, una de esos hilos llegaba hasta su oído, una voz a través de ese hilo le enseñó una oración que se grabó en su corazón. “Al mismo tiempo que esta dulce voz me traía la oración, decía ella, mi alma se abría a la esperanza.” […] Ella me decía: “Madre mía, yo quisiera enseñar esta oración a todo el mundo”. Yo le dije: “Y si se sabe que eres tú la que la dice, ¿te daría pena?” “No, yo no soy nada, no pueden atribuírmela, es Dios quién la ha inspirado…  Mira, madre mía, la bondad de Dios, esta oración se grabó en mi corazón, yo no la puedo olvidar, Jesús no necesita mucho tiempo, una sola de sus palabras es necesaria para cambiar el alma, su palabra trae la luz, el amor, la confianza y eso como el rayo.” (CR II, 189-192)

                Esta oración es un don del Espíritu a Mariam y a la Iglesia. Si nosotros consideramos los verbos usados (inspirar, consumir, conducir, mirar, bendecir, preservar), veremos como un condensado de la obra del Espíritu Santo en la Biblia y en la vida del creyente.

                El Espíritu “inspira todo”, desde la mañana de la creación a la noche de Pascua, el infunde la vida divina en el corazón del hombre. ¿Qué tenemos de más íntimo que nuestro aliento? Él nos habita y nos anima. Mediante él expresamos que estamos vivos y, en el último instante de nuestra existencia, es a él que ponemos entre las manos del Padre.

                “Espíritu Santo, ilumíname. ¿Qué debo hacer y de qué manera encontrar a Jesús?” (CR VII, 71.) El Espíritu “inspira todo”, nuestros pensamientos, nuestras acciones y nuestra oración. Él nos une a Dios y a nuestros hermanos. Mariam es testigo de la fuerza de este aliento en las cosas cotidianas.

                ¡En contacto con el Espíritu, el fuego no puede sino arder! Como la zarza ardiente en el desierto, el Espíritu consume. ¡Quema sin destruir, arde, purifica, ilumina! Cuando Dios se revela a Moisés, le dice su nombre: “Yo soy el que soy” (Exodo 3,14) y lo envía en misión delante de su pueblo y de faraón. Nosotros creemos que la obra del Espíritu es el ardor de nuestra vida. ¿Cómo responder al amor si uno no está ardiendo de este mismo amor? Pregúntenles a dos enamorados si ellos no arden de amor el uno por el otro…

Este fuego divino de la caridad purifica lo que no es amor y transforma todas las escorias en incandescencia. Mariam, arrebatada por este fuego consumador, vio poco a vida su vida iluminada por la nube. Toda travesía le fue posible, todo camino se le abrió. Su vida se hace Pascua y manifestación de la gloria de Dios.

El Espíritu toma la dirección de nuestra vida desde que la ponemos a su disposición. Inspirada, consumada, Mariam fue conducida “por el verdadero camino”, por los senderos de la santidad.  Él tomó la dirección y  condujo su barca a puerto seguro. A veces fue zarandeada por las pruebas y las tentaciones pero jamás zozobró. Sin comprender muchas veces cuales eran sus caminos, Mariam avanzó como los niños tomados de la mano de sus padres. Con ella, aceptamos dejarnos conducir, reconocemos que el Espíritu conoce la ruta y el término de nuestro viaje.

El paso del desierto fue para el pueblo hebreo la ocasión de una experiencia así. A través de una historia llena de acontecimientos, Israel tomó conciencia de la fidelidad de Dios que le condujo hacia pastos frescos, buscando siempre darle lo mejor y a conducirle hacia la Tierra prometida. Esta conducción del Espíritu es pues, escuela de confianza: “¡Oh, profundidad de la riqueza, de la sabiduría y del conocimiento de Dios! Qué impenetrables son tus juicios e incomprensibles tus caminos”. (Romanos 11,33)

“María, Madre mía, mírame…”  Pasamos a otra etapa de la oración. Mirar es una acción propiamente mariana y carmelita. María miraba su vida a la luz del Espíritu Santo. Naturalmente, el lazo se hace entre su vida y el proyecto de Dios. Él le reveló su sentido y guio sus pasos en el cumplimiento de la voluntad del Padre.

Mirándonos María nos ayuda a entrar en esta actitud. Su mirada puesta sobre nosotros nos invita a la confianza, nos llama a dejarnos mirar con amor. Ella nos vuelve hacia su Hijo. ¿Cuántas miradas, desbordantes de ternura y de misericordia, no habrá intercambiado con Mateo, el joven rico, María Magdalena, Simón Pedro y ciertamente Judas? Desde su infancia, Mariam descubrió esa mirada de María. Su vida en el silencio y la oración permitió a Dios iluminarla como una escuela de libertad interior y de confianza. ¡Esto es el misterio de la encarnación!

“Con Jesús, bendíceme”… Bendiciendo a sus hijos de parte del Señor, María hace su rol de madre. “Con Jesús”, por su oración, María se hace sierva de la bendición divina. Mariam experimentó de manera peculiar la presencia de María, especialmente después de su “martirio” en Alejandría. “No olvides nunca las grandes gracias que el buen Dios te ha hecho. Sé siempre llena de caridad”  (CR I, 18), le dijo la señora vestida de azul que la sanó y le dio consejos esenciales para su vida. María gira nuestra mirada hacia su Hijo y nos anima a seguirle.

Mariam tuvo también la experiencia que esta oración nos introduce en el misterio de la intercesión de los santos. Enteramente iluminada por el Espíritu, nos acompaña con su oración para que se derrame en nosotros la bendición de Dios. Su vida espiritual se alimentaba de esta relación con los santos. Con la Virgen María, ellos le enseñaron los caminos de la oración y de la confianza.

Como en la oración del “Padre nuestro”, nosotros pedimos ser preservados del mal que es también ilusión  y peligro. “De todo mal, de toda ilusión, de todo peligro, presérvanos.”  El mal toma diversas formas para desviarnos de Dios y herirnos. A la escuela del Espíritu, Mariam aprendió a discernir la voluntad de Dios y a desconfiar de las ilusiones suscitadas por el diablo. El Espíritu nos enseña el delicado arte del discernimiento a fin que conozcamos y cumplamos esta voluntad. Mediante la luz del Espíritu, Dios preserva su obra de todos los peligros que la amenazan.

¡El misterio de salvación y la aventura de la vida cristiana se resumen en esta oración! A la sombra del Espíritu, cada uno puede  dejarse acompañar en su camino de fe y en su oración cotidiana. Creamos que si el Espíritu “inspira todo”, él nos hace entrar en la verdad de nuestra relación con Dios, con nosotros mismos y con nuestros hermanos.

One thought on “Esta oración inspirada por el Espíritu Santo a Mariam, es la expresión más alta su mensaje tomémonos un tiempo para profundizar en su mensaje

  1. Beatrice Ballesteros - 27 agosto, 2018 at 9:53 am

    Maravilloso todo, que gran ejemplo y testimonio de vida 🙏❤️🙏
    Sta Mariam ruega por nosotros 😍❤️🙏

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